En Chile, el sistema de salud pública no está enfermo solo por falta de insumos, infraestructura o personal técnico. Está enfermo porque quienes debían salvarlo lo han convertido en su fuente de riqueza personal. Hablamos de un sector médico que, más que un conjunto de profesionales de la salud, se comporta como una casta privilegiada, organizada, blindada y guiada por una lógica de usura que raya en lo inmoral.
Por: Exequiel Aleu Monasterio para www.rancaguatv.cl
En ningún otro rubro vemos con tanta naturalidad que quienes trabajan para el Estado, financiados por todos los chilenos, obtengan sueldos millonarios mensuales, y que al mismo tiempo usen su posición pública como plataforma de marketing para alimentar sus clínicas, consultas privadas o alianzas con laboratorios y farmacias. Este modelo parasitario ya no puede esconderse detrás del juramento hipocrático ni del sacrificio profesional: es puro negocio, y es descarado.
Los médicos en Chile no solo ganan sueldos desproporcionados, sino que se han convertido en un factor directo del colapso financiero del sistema público de salud. Mientras los hospitales se caen a pedazos y las listas de espera se multiplican, algunos especialistas del sistema público ganan entre $7 y $15 millones de pesos mensuales, muchas veces por jornadas incompletas o divididas entre el hospital y su consulta privada.
Comparativa internacional: la sobredosis chilena
Veamos cuánto gana en promedio un médico en otros países con sistemas públicos de salud más robustos y menos corruptos:
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España: un médico general del sistema público gana entre 2.500 y 3.500 euros brutos mensuales (~$2,5 a 3,8 millones CLP).
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Francia: un médico hospitalario gana en promedio 4.000 a 5.000 euros (~$4,3 a 5,5 millones CLP).
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Alemania: un médico joven comienza ganando unos 4.500 euros mensuales (~$5 millones CLP), con aumentos graduales por experiencia, pero sin dobles contratos ni derivaciones privadas masivas desde el sistema público.
¿Por qué, entonces, en Chile un médico debería ganar tres o cuatro veces más que sus pares europeos?
Más aún: ¿por qué debemos seguir aceptando que una profesión que se presenta como “vocacional” y “humanitaria” se comporte como una industria millonaria coludida con farmacéuticas, aseguradoras, laboratorios y clínicas privadas?
La salud como negocio: una mafia con guantes blancos
Hoy, muchos ciudadanos sienten —con razón— que ir al médico es enfrentarse a un asalto elegante. El valor de una consulta puede llegar a $60.000 o $80.000 pesos por 10 o 15 minutos de atención. Exámenes innecesarios, derivaciones forzadas, venta de fármacos costosos y dependencias creadas artificialmente con tal o cual especialista. Todo huele a un sistema coludido, donde el paciente es el cliente cautivo y el médico, el gerente de su propia empresa.
Y no es una exageración hablar de mafia. El corporativismo médico en Chile impide el control externo, dificulta la fiscalización ética real, y perpetúa privilegios. La coordinación entre algunos gremios médicos, clínicas y farmacéuticas no tiene nada que envidiarle a los carteles empresariales que tanto se denuncian en otros sectores.
¿Hasta cuándo aceptaremos este robo legalizado?
Lo verdaderamente trágico es que hemos naturalizado la injusticia. Mientras los profesores ganan poco, los trabajadores de la salud no médica reciben sueldos bajos, y los técnicos se sobreexigen por monedas, la élite médica acumula beneficios, sin crítica pública, sin regulación efectiva, y con total impunidad.
No se trata de desprestigiar a los médicos honestos y comprometidos, que los hay y muchos. Pero es momento de quitarle la máscara al sistema: los que juraron cuidar la salud de la población hoy la están desangrando, pero por la billetera.
Chile necesita una reforma estructural de su sistema de salud, sí. Pero más urgente aún es romper con esta red de intereses que ha hecho del sufrimiento humano un negocio millonario. Porque cuando el curador se transforma en el saqueador, ya no hablamos de un sistema enfermo: hablamos de un crimen con bata blanca.
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