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SASTRE POZO EL ULTIMO SASTRE DE RANCAGUA: LA HISTORIA DE UN OFICIO QUE VISTIÓ A GENERACIONES DE RANCAGÜINOS Y QUE HOY RESISTE AL PASO DEL TIEMPO

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Ricardo Pozo Soto mantiene viva una tradición familiar iniciada en 1956 por su padre, Segundo Pozo. Desde un histórico local del Pasaje Cillero conocido por su nombre "Sastre Pozo", ahí en ese mítico local se continúa desarrollando uno de los oficios más antiguos y emblemáticos de la ciudad de Rancagua.

 Por: Exequiel Aleu Monasterio


 

Hay lugares que sobreviven al paso de las décadas sin necesidad de grandes vitrinas ni campañas publicitarias. Espacios que permanecen abiertos porque forman parte de la memoria colectiva de una comunidad. En pleno centro de Rancagua, al interior del tradicional Pasaje Cillero, uno de esos lugares continúa funcionando gracias a la perseverancia de Ricardo Pozo Soto, heredero de una tradición familiar que comenzó hace setenta años.

La historia se remonta a 1956, cuando su padre, Segundo Pozo, abrió una sastrería en una ciudad muy distinta a la actual. En aquellos años, vestirse bien significaba acudir obligatoriamente donde un sastre. No existían las grandes tiendas, ni la oferta masiva de vestuario que caracteriza al comercio moderno. Cada traje era una pieza única confeccionada según las medidas, gustos y necesidades de quien lo usaría.

“Yo crecí prácticamente aquí. Mi papá trabajaba en esto y desde niño anduve a su lado. Después de su fallecimiento, en 2006, seguí con el oficio y manteniendo esta historia familiar”, recuerda Ricardo.

Durante décadas, por este pequeño taller han pasado miles de personas. Padres, hijos y nietos que vuelven buscando reparar una prenda heredada, ajustar un traje para una ceremonia o confeccionar una pieza especial para un momento importante de sus vidas.

Lejos de desaparecer, Ricardo observa que la sastrería vive un fenómeno inesperado: un resurgimiento.

Mientras la producción industrial domina el mercado, cada vez más personas buscan prendas personalizadas, exclusivas y confeccionadas a medida. Novios que desean un traje único para su matrimonio, profesionales que necesitan una imagen diferenciada o jóvenes que rescatan estilos clásicos que parecían haber quedado en el pasado.

“La gente ya no quiere necesariamente lo que está colgado en una tienda. Busca algo propio. Quiere verse de cierta manera y necesita orientación para lograrlo”, explica.

 

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Un oficio que interpreta personas

Para Ricardo, la sastrería va mucho más allá de tomar medidas y coser telas.

Cada cliente representa una historia distinta. Algunos llegan con una fotografía guardada en su teléfono; otros buscan recrear la elegancia de sus abuelos; algunos quieren proyectar formalidad y otros simplemente encontrar una prenda que refleje su personalidad.

“Uno tiene que descubrir qué está buscando realmente la persona. A veces ni siquiera lo sabe explicar. Ahí está parte del trabajo del sastre”, comenta.

Esa capacidad de interpretar gustos, estilos y expectativas es precisamente lo que diferencia a la confección artesanal de la producción en serie.

No existen dos trajes iguales porque no existen dos personas iguales.

 

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Un recuerdo desde la historia familiar

Su hermano, Gerardo Pozo Soto, complementa la mirada familiar recordando que la sastrería fue durante décadas un oficio central en la vida urbana de Rancagua. “Vi a mi padre en los años de mayor actividad; muchas veces el taller estaba sobrepasado de trabajo”, comenta. A su juicio, el interés actual por prendas personalizadas y hechas a medida explica que el oficio siga vigente pese al avance de la producción industrial.

 

El valor de la historia local

Más allá del oficio, Pozo Sastre se ha transformado con el tiempo en un punto de encuentro donde convergen generaciones de rancagüinos.

Ricardo reconoce apellidos históricos de la ciudad, recuerda historias familiares y observa cómo las nuevas generaciones vuelven buscando los mismos servicios que alguna vez utilizaron sus padres o abuelos.

“Muchas veces llega alguien y me dice que su abuelo se hizo un traje aquí. O trae una prenda antigua para adaptarla y seguir usándola. Son historias que se repiten una y otra vez”, señala.

Esa conexión con la identidad local es precisamente lo que más valora.

Por eso observa con preocupación cómo muchos negocios tradicionales desaparecen progresivamente del centro de Rancagua, llevándose consigo parte importante de la historia urbana de la ciudad.

 

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Un legado que se acerca a su última etapa

Aunque continúa trabajando diariamente, Ricardo reconoce que se encuentra en una etapa de retiro progresivo.

Sus hijos optaron por otros caminos profesionales y, como ocurre con muchos oficios tradicionales, no existe una nueva generación familiar interesada en continuar el trabajo.

“Esto probablemente termina conmigo. Pero así son los ciclos. Las cosas desaparecen y después vuelven a surgir de otra manera”, reflexiona.

Sin embargo, lejos de la nostalgia, prefiere quedarse con el reconocimiento de quienes han confiado durante décadas en su trabajo.

Personas que muchas veces pasan únicamente a saludar, a recordar una antigua confección o simplemente a conversar con alguien que ha sido testigo silencioso de buena parte de la historia cotidiana de Rancagua.

Después de setenta años de tradición familiar, Pozo Sastre continúa demostrando que existen oficios que no pueden medirse únicamente en términos comerciales. Son parte del patrimonio humano de una ciudad y representan una forma de entender el trabajo, la dedicación y el vínculo con las personas que difícilmente puede ser reemplazada por la producción masiva.

Mientras las modas cambian y las vitrinas se trasladan a las pantallas de los teléfonos, en el Pasaje Cillero todavía permanece un lugar donde cada prenda sigue teniendo nombre, historia y personalidad propia.

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